Tan fuerte como un león

Me llamo Natalia, soy rusa y vivo en España desde hace varios años. Mi marido es de Albacete y vivimos en Valencia.

Nos casamos con la ilusión maravillosa de tener hijos. Sin temor a exagerar, afirmo que era la ilusión más grande de mi vida:  soñaba con que algún día, un pequeño ser se convertiría en el centro de mi universo, una personita que daría sentido a mi vida. Es algo tan natural en una mujer… Y así fue: poco tiempo después de casarnos, llegó la gran noticia: “¡estoy embarazada!

A las 7 semanas de gestación, ya pudimos escuchar el corazoncito de nuestro pequeño. Y desde ese instante de emoción indescriptible, esperamos con una ilusión desbordante la llegada del día más importante de nuestra vida: el nacimiento de nuestro hijo o hija.

Transcurrieron cinco semanas más de gozo y esperanza, hasta que llegó la semana 12, cuando los médicos harían el primer estudio profundo del embarazo y una ecografía. Nuestra emoción contrastó brutalmente con la frialdad impasible de la doctora que nos atendió: “hay muchas posibilidades de que el feto salga con trisomías u otras malformaciones. El feto tiene una sola arteria umbilical.” Recibimos el golpe seco, contundente, directo… y se nos cayó el mundo encima. Empezaron los primeros sufrimientos, en una travesía que hasta entonces había sido tan gozosa. Los análisis de sangre indicaron que había un riesgo “muy alto” de Síndrome de Down: una posibilidad entre 25… Para confirmar el diagnóstico, quisimos repetir la prueba en otro laboratorio. Con los resultados en la mano, la Ginecóloga propuso que abortásemos a nuestro hijo. De nuevo, lo hizo con una frialdad que resultaba tan dura como el mismo diagnóstico.

Semana 16: nueva visita a la Ginecóloga. “La placenta tiene un color sospechoso… muestra todas las señales del Síndrome de Edwards, lo que aumenta las posibilidades de la muerte del “feto” en el vientre o a pocas horas después del parto.” Ninguna madre del mundo llama “feto” a su hijo… pero ellos no lo tienen en cuenta. Una y otra vez, hablan con nosotros del “feto”, sin consideración alguna hacia nuestra maternidad y paternidad. Con esa misma actitud robótica, la Ginecóloga propuso que hiciéramos la “amniocentesis”, para descubrir el motivo del retraso en el crecimiento del feto. Se trata de una prueba muy peligrosa que, en muchos casos, provoca el aborto natural. Al saberlo, nos negamos a realizar la prueba e investigamos sobre el Síndrome de Edwards, una anomalía cromosómica muy grave. Cuanto más investigábamos, más padecíamos por nuestro hijo.

Semana 19: la Ginecóloga vuelve a insistir en realizar la amniocentesis y en proceder al aborto, pues ya se detecta un retraso de 4 semanas en el crecimiento normal de nuestro hijo.

Semana 20: decidimos realizar la ecografía en otro hospital y cambiar de médico. Pero el resultado es idéntico. En el segundo hospital nos repiten el mismo diagnóstico, nos vuelven a proponer que abortemos a nuestro hijo y nos aseguran que no conocen ni un caso de “feto” de estas características que haya nacido bien. Lo que tampoco saben es que nosotros no vamos a matar a nuestro hijo. Tal vez le veamos morir… pero no le vamos a matar.

Semana 25: la presión por parte de los médicos es tan agobiante, que nos vemos obligados a realizar la amniocentesis.

Un mes después… un mes de angustia sobrecogedora… un mes de espera para conocer los resultados… ¡y todo sale BIEN! ¡Nuestro hijo está BIEN! Con la hoja de los resultados volvemos a la primera Ginecóloga que, a pesar de tener ante sus ojos el resultado de la amniocentesis… sigue afirmando que el feto está mal, que no puede nacer sano porque lleva un retraso de 5 semanas en su crecimiento. Nos asegura que va a nacer un ser vegetal, que no podrá moverse ni valerse por sí mismo. Por ello, insiste en que abortemos ¡con 7 meses de gestación! y se niega a atender nuestro embarazo a partir de ese momento. Con semejante reacción tan dura, logró que mi marido y yo, a pesar del resultado positivo de las pruebas, nos quedásemos más hundidos que nunca. Nos dejó a solas, en la defensa de nuestro hijo.

Pero fue por poco tiempo… Como un ángel del cielo, apareció una amistad que se ofreció a presentarnos a otro Ginecólogo, a un hombre mayor, con 40 años de experiencia. El Doctor nos dijo que era un caso francamente raro, pero nos acogió con dulzura y decidió acompañarnos durante el embarazo. Nos dio esperanza, nos dio ternura, nos trató con humanidad y comprensión, dispuesto a luchar por la vida de nuestro hijo, que tanto amábamos. Encontrar a ese médico fue un gran consuelo, aunque nuestro Vía Crucis no había terminado. Los múltiples análisis posteriores aportaron nuevas sospechas de enfermedad, con cosas raras como anomalías en el corazón del bebé.

En estas situaciones amargas, es frecuente que las personas dudemos y empecemos a cuestionarnos todo. Incluso, que nos enfademos con Dios, como los niños pequeños se enfadan con sus padres, cuando no entienden. Yo le preguntaba: “¿Por qué yo, Señor? Llevo toda la vida en la Iglesia, voy a misa todos los domingos, intento vivir de una manera honrada, ayudando a los demás… llevo tantos años esperando formar una familia… mis amigas tienen ya dos o más hijos, teniendo siempre un embarazo feliz… Hay tantas mujeres que abortan, porque no quieren “complicarse la vida” y luego se quedan embarazadas… y les sale todo bien… ¿y por qué yo tengo que sufrir tanto? ¿Acaso he hecho algo mal, Señor?

Semana 36: el Ginecólogo detecta una pérdida del líquido amniótico. El bebé sigue con un gran retraso en su crecimiento.

Semana 36 y 5 días: Nace nuestro pequeño, Leonardo, un nombre de origen germánico cuyo significado es “aquel que es fuerte como un león”. Pesa solamente 1 kilo y 160 gramos, pero está COMPLETAMENTE SANO. No necesita de reanimación alguna ni de aparatos artificiales de respiración. Lo ingresan durante dos largos meses en la UCI. Da guerra a todas las enfermeras, quienes le llaman “nuestro milagrito”. El experto Ginecólogo asegura no haber visto nunca un bebé que haya nacido bien, con tan poco peso… ¡y ya acumula 40 años de experiencia en obstetricia!

Hoy, con mi hijo Leonardo en brazos, habiendo superado la tormenta que entristeció tanto nuestros corazones y obscureció nuestras mentes, afirmo: Dios nos acompaña en los sufrimientos. Con su fuerza podemos superar las pruebas, dando buen ejemplo y testimonio de fe a los que nos rodean, incluyendo a tantas mujeres que están a punto de abortar a su hijo tras realizar las pruebas, confiadas en la palabra “infalible” de los médicos. ¿Por qué nos creemos impecables y más listos que el propio Dios? Él nos da tantas capacidades, tantos dones… y nosotros los utilizamos muchas veces en contra del ser humano, empujando a otras personas al abismo mortal del pecado. ¿Por qué a veces optamos por el camino más “fácil”, huyendo de los sacrificios del amor? ¿Por qué algunos médicos no ven un ser humano en un feto? ¿Por qué dicen con tanta frialdad esa palabra tan terrible: “aborta”? ¿Por qué ya no luchan por la vida? ¿Por qué luchan en cambio, si no es por la vida?

Nuestro pequeño Leonardo es un vivo ejemplo del Amor incondicional del Señor. Si dejamos todo en Sus manos, Él nos lo recompensará con creces. No quiero volver a dudar, ni quiero acusarle de nuestros sufrimientos. Quiero rezar y amar su voluntad. Siempre. Gracias, mi Señor. Perdónanos por haber dudado.

Tal vez la vida me regale la oportunidad de echar una mano a quien pueda pasar por esas mismas dudas, igual que me ayudaron a mí, en el momento más difícil de mi vida.
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