Panorama submarino

Durante muchos años le insistí: “Tienes que probarlo. Te va a encantar. Créeme.” Pero ni caso… “No lo necesito, estoy muy bien en la orilla, viendo el mar desde la playa, ¿por qué habría de meterme en el agua -con lo fría que está- y ponerme esas gafas que me aplastan la cara y además respirar por un tubo incómodo, de goma? No cuentes conmigo. Si quieres bucear, tú bucea y disfruta, que yo te observo desde la arena, mientras tomo el sol.

Así pasaron los años, hasta que un día, sin una razón especial para ello… de repente se levantó, se puso las gafas de bucear… y se metió con paso firme en el mar, sin avisar. Fue un impulso inmediato, que me pilló de sorpresa. En cuanto sus ojos descubrieron el panorama espectacular del fondo marino, a tan solo tres metros de la orilla, lanzó un grito infantil, que pudieron oír todos los bañistas de alrededor: “¡¡Guau!!!¡¡¡Es increíble!!!¡¡¡Es precioso!!!¡¡¡Qué pasadaaaaaa!!!” Introdujo de nuevo la cabeza en el agua y no volvió a sacarla durante casi una hora. Desde la orilla… yo la observaba, gozando tanto como ella, por su descubrimiento. Me resultaba fácil imaginar todo lo que estaría contemplando en ese momento, tan cerca: peces brillantes, de variados colores y tamaños, en grandes grupos o aislados; rocas invadidas por cangrejos, erizos y caracolas; plantas subacuáticas con largas hojas verdes, que bailarían al ritmo de las olas… Con un poco de suerte, también vería algún pulpo… o un caballito de mar… o medusas… Un mundo precioso, de dimensiones incalculables, a tan sólo unos metros de la orilla. Un panorama sobrecogedor, accesible a cualquiera, incluso a los que no saben nadar. Porque en algunas zonas, basta con meterse en el agua hasta la cintura y agachar la cabeza, para poder contemplar esa belleza abrumadora. Desde la orilla, mientras esperaba a que ella saliera del agua, pensé: esto mismo sucede con el Reino de los Cielos…

Jesús nos animó a descubrirlo y penetrar en él, con palabras sencillas: “El Reino de los Cielos está cerca… está dentro de vosotros.” Pero no le creímos y por eso no le hicimos caso. No necesitábamos ese reino para nada. ¿Para qué sumergirnos en un mundo dominado por el silencio, abandonando la agitación de nuestro entorno ruidoso, en el que nos sentimos seguros? ¿Qué necesidad tenemos de avanzar lentamente, penetrando en un entorno espiritual profundo, cuando en la superficie material podemos correr y saltar hasta agotarnos? ¿Por qué agachar la cabeza, humillar la inteligencia, arrodillarnos, pudiendo estar de pie, firmes y seguros… o tumbados, descansando? ¿Por qué mudarnos de asiento, arriesgándonos a perder lo que ya tenemos?, ¿qué sentido tiene buscar algo más de lo que ya vemos, tocamos y controlamos? Son preguntas parecidas a las que una vez lanzaron a un famoso escalador de cumbres elevadas: “¿por qué sube usted a las montañas?” Y respondió: “Porque están ahí.”

Ahí… tan cerca. Más cerca que todo lo demás. Ahí… dentro de nosotros. Ahí… gratis. Ahí tenemos el Reino de los Cielos… siempre, de modo inmediato, sin previa cita, sin protocolo, sin necesidad de instrucción previa, ni de curriculum, ni de virtudes. Ahí… esperando solamente a que queramos conocerlo y gozarlo. Para ello, basta con entrar en la propia habitación… es decir, basta con cerrar los ojos a lo externo y penetrar en el interior de uno mismo… para acceder al Reino de los Cielos. Cerramos la puerta a la distracción, al mundo externo que reclama a gritos la esclavitud de todos nuestros sentidos. Cerramos la puerta a sus llamadas exigentes y arrojamos lejos de nosotros la llave, para obligarnos a permanecer dentro, a solas, en paz. Este paso parece sencillo, pero es el único complicado: cerrar la puerta del todo, alejarnos, huir, para poder avanzar con libertad. Una vez alcanzados el silencio y la oscuridad, basta el deseo de encontrarnos con Dios, para ya estar con Él. Porque es Él quien sale a nuestro encuentro, es Él quien lleva tiempo invitándonos a entrar, ansioso de que acudamos a la cita personal. “Estoy a tu puerta y llamo.” Ahora, en el territorio de nuestra alma, donde Él tiene todo el control, basta un instante de intimidad… un solo abrazo, un solo beso, una sola palabra, una sola mirada… para que nos hagamos adictos a su compañía, a su presencia, a sus servicios como médico del alma. Nos basta un minuto de oración verdadera, en el templo sagrado del corazón, donde solamente Dios tiene acceso, para convertirnos en seres orantes, que anhelan regresar a esa intimidad, hasta que ésta sea permanente. Un instante de verdadera unión con nuestro Padre Dios, con nuestro Señor Jesús, a través de su Espíritu, es más que suficiente, para que no queramos salir de su presencia nunca más. Ese instante… está al alcance de cualquiera, si nos damos a nosotros mismos la oportunidad del encuentro. Puede ser ahora mismo, aquí, en cualquier lugar. Cerramos los ojos… y nos sumergimos, para buscar su luz en la oscuridad. Al regresar a la orilla, con los ojos bien abiertos a todo lo que nos rodea, sabremos que nunca hemos estado solos. Y veremos, en los demás, otros templos sagrados, en los que también habita el Espíritu Santo, aunque tal vez nadie se lo haya dicho. Es nuestro turno: “Tienes que probarlo. Te va a encantar. Créeme.” Porque se bucea mejor en compañía, que a solas. “Cuando os reunáis dos o más personas, a rezar, en mi Nombre… ahí estoy yo en medio de vosotros.”

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