Un gran regalo llamado John Rick Miller

          “Yo conocí a ese santo”. Al descolgar el teléfono, una voz me repitió hasta tres veces esa misma frase, antes de identificarse. Era un cardenal que me llamaba después de haber visto “La Última Cima” y que me contó, con alegría, que había tenido el privilegio de conocer al sacerdote Pablo Domínguez, su protagonista. “Desde el primer momento tuve la impresión de que era un santo”, me dijo. Ahora, cinco años después, le robo a ese cardenal la idéntica expresión, pero refiriéndome a John Rick Miller, de quien puedo decir con satisfacción enorme: “Yo conocí a ese santo. Y tuve, desde el primer instante, la impresión de que estaba hablando con un santo.” Hoy escribo sobre él, pocas horas después de saber que ha fallecido… y con mayor fuerza reafirmo esa impresión fuerte, avalada por haberle tratado un poquito en estos tres últimos años y por haber conocido a la familia espiritual que fundó, por inspiración divina: la Misión por el Amor de Dios en el Mundo.

          Lo que más me sedujo de John fue su humildad. Si acudes a una cita con un hombre que mide casi dos metros, cuya sola presencia resulta imponente, que además es muy apuesto, que tiene un timbre de voz digno del mejor locutor profesional de cine o TV, que ha acumulado un curriculum profesional deslumbrante y que además lidera una familia espiritual de cientos de miles de personas… te sorprendes si topas con alguien humilde, de trato fácil y modesto, que se pone a tu servicio sin ofrecer la menor resistencia, que derrocha sencillez en cada una de sus expresiones, y que exuda por todos sus poros la elegancia propia de los humildes. La imagen tópica de “hombre de éxito” caía derrumbada al cruzar con John una sola mirada. Sus ojos claros te penetraban con una dulzura inevitable, haciéndote sentir, de modo amable e inmediato, que eras aceptado, comprendido y querido. Estoy seguro de que ningún actor del mundo es capaz de fingir esas cualidades, si de verdad no las posee. Porque, como dijo algún clásico, “el rostro es el espejo del alma.” El rostro de John era hermosísimo, desnudo de cualquier maquillaje artificial.

          Gracias, querido John, o querido Rick, como también te conocen quienes más te aman. Gracias por haberte dejado conducir por Otro. Gracias porque te dejaste conquistar por el Amor de Dios y, sin conocer los porqués del Cielo, aceptaste el plan divino, con pleno abandono. Gracias por todo lo que has dicho y por todo lo que has callado. Gracias por recordarnos el modo directo e infantil con el que hemos de relacionarnos con Nuestro Papá celestial. Gracias por remitirnos siempre a Jesús, sin caer en la tentación de predicarte a ti mismo. Gracias por haber aceptado los dones del Espíritu Santo y por haberlos compartido con los demás, sin dejar que se pudrieran estancados, encerrados por dentro. Gracias por vencer tu natural timidez, para salir a anunciar el infinito amor de Dios que has experimentado. Gracias por contagiarnos el amor a María, en quien has confiado con la misma docilidad de San Juan Diego. Gracias por la paternidad que has ejercido sobre tantas personas, en esta preciosa familia llamada “Misión por el Amor de Dios en el Mundo.” No nos dejes huérfanos, continúa mirándonos con ternura desde el Cielo.

          Gracias, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, en esta festividad de la Santísima Trinidad, por haber puesto en nuestras vidas a tu hijo John Rick Miller. Recuerda, Señor, aquella preciosa oración, espontánea, que nos regaló tu hijo John en “Tierra de María”: “Father… it´s me… your little child.” Y ábrele la puerta del Cielo, a lo grande, para que sus dos metros de humildad entren a gozar de tu Amor, el Amor que con tanta dulzura predicó con su vida.

          Hasta muy pronto, queridísimo John Rick Miller.

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