Te invito a tu Segunda Comunión

      Queridos papás y mamás,

      ¡Gracias! Durante dos años nos habéis concedido el privilegio inmerecido de ser catequistas de vuestros hijos, colaborando con vosotros en su formación cristiana, con una pequeña aportación de tiempo, de cariño y enseñanzas. Los catequistas sabemos que vuestro ejemplo, en casa, es lo que más educa a vuestros hijos. Por nuestra parte, es tan grande el bien recibido de ellos… que cualquier agradecimiento se queda corto. Cada jueves, nada más terminar la clase, deseábamos que fuera jueves otra vez, para encontrarnos de nuevo con sus preguntas directas, con sus respuestas sencillas, con sus miradas puras, con sus corazones abiertos. También con su alboroto… porque son niños, que alborotan… aunque no tanto como los adultos. Ese encuentro semanal con vuestros hijos ha supuesto un refresco de sinceridad, en medio de una jungla de disfraces. ¡Gracias!

      Como catequistas, no tenemos autoridad para pediros nada, salvo perdón, si es que alguna vez no hemos tratado a vuestros hijos como merecen. Sin embargo, aprovechando la confianza inmensa que habéis depositado en el sacerdote de la parroquia y en nosotros, sus ayudantes, nos atrevemos a pediros algo. Más bien, a suplicaros con todo el corazón: por favor… no permitáis que se apague jamás la vela que Dios ha encendido en ellos.

      Algunos de vosotros mantenéis muy viva aquella primera llama, y la alimentáis constantemente con vuestra piedad cotidiana. A otros, en cambio, tal vez os cueste recordar, ahora, la luz preciosa que hubo en vuestras almas, después de recibir vuestra Primera Comunión. Una luz de apariencia pequeña y frágil… pero con potencia real para iluminar todos los caminos de vuestra vida. Los caminos de la alegría y la tristeza, los de la compañía y la soledad, los caminos del descanso y del trabajo, de la salud, de la enfermedad e incluso de la muerte. Ninguna otra luz ilumina tanto como Jesucristo. Ninguna. A cierta edad, todos lo hemos experimentado.

      Si aquella luz en vuestra alma está hoy humedecida, tibia o incluso apagada… siempre estáis a tiempo de volver a encenderla. Nunca es demasiado tarde, ni demasiado pronto, para dejar que la luz de Dios vuelva a iluminaros. Ahora, gracias a vuestros hijos, tenéis una oportunidad de oro… ¡más que de oro! Porque el oro, con todos sus kilates, no puede saciar los deseos de paz y amor que todos tenemos en el corazón. ¡Pero Jesucristo sí! ¡Ésta es una oportunidad de fuego! Un fuego que ilumina hasta los rincones más oscuros, y que puede quemar los miedos, las vergüenzas, las tristezas y los rencores acumulados durante la vida. ¿Qué es lo que tú, hoy, necesitas quemar? Pídele a Dios que lo queme.

      Dejaos re-catequizar por vuestros hijos. Sed humildes y permitid que sean ellos, ahora, quienes os enseñen el camino hacia el Cielo. Así nos lo aconseja Jesús: “quien quiera entrar en el Reino de los Cielos, que se haga como un niño.” En las preguntas de vuestros hijos hallaréis respuestas. En sus respuestas hallaréis oraciones. En sus oraciones encontraréis a Jesucristo, vivo y cercano. Rezad con ellos, junto a ellos, como ellos, todos los días, y seréis más fuertes. Poned a prueba la presencia cercana de Jesús en vuestros hogares y veréis resultados inmediatos. Familias renovadas, más alegres, más unidas, llenas de paz. Familias en las que Dios no es un adorno, ni un recuerdo del pasado, ni un pariente lejano al que se visita una vez a la semana. Dejad que Jesucristo viva con vosotros, en vosotros, y así descubriréis su poder más grande: el de ser vuestro servidor.

      Esta primera unión con Jesús, puede durar una eternidad… o unas pocas horas. De cada uno de nosotros depende. Jesús nunca se va a separar de nuestro lado. Regresemos junto a Él, siempre que nos alejemos de Él. Muchas felicidades nos esperan. Que no acabe nunca esta fiesta.

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