Un arma de destrucción masiva, al alcance de cualquiera.

Cuentan que un cardenal se lo dijo a Napoleón, cuando éste anunció su plan de acabar con la Iglesia: “si nosotros, los cristianos, no hemos podido destruirla en tantos siglos, tampoco usted podrá.” Y la Historia está ahí para acreditar que el diagnóstico fue y sigue siendo correcto. No podemos destruir la Iglesia, puesto que es de Dios. Pero sí está en nuestras manos arañarla, herirla, lastimarla, dañarla, afearla… como hicimos con el mismo Cristo. Y no necesitamos para ello emplear armas violentas ni afiladas, teniendo a nuestro alcance nuestra propia lengua, o un teléfono móvil, o una conexión a Internet. Algo de apariencia inocua, inocente, que podemos transformar en un arma de destrucción masiva. Ya lo he experimentado, con mi propia lengua y con la de otros.

No necesitamos ser perversos para provocar heridas con nuestra lengua. Basta con que seamos un poco estúpidos… y el que sí es perverso de verdad se aprovechará de nuestra estupidez para provocar un incendio destructor.

Los ejemplos de esa mezcla explosiva de tontería, imprudencia y soberbia son variados. Y debilitan a la Iglesia, de modo funesto, a todos los niveles. Una ironía soltada al oído del cónyuge… destroza un matrimonio. El recordatorio de aquella herida que parecía cerrada entre hermanos… provoca que se abra de nuevo. La murmuración sobre la actitud del párroco… despierta el rechazo de alguien que podía haberse confesado con él. El experto católico que se permite criticar las palabras del obispo… consigue que los laicos nos distanciemos de nuestros pastores. Quien no se esfuerza por leer lo que el Papa dice y escribe… abre con su ignorancia la puerta a cualquier información sesgada que llegue a sus oídos. Quien se apresura a publicar en Internet una respuesta airada a un ataque recibido… ignora la actitud silenciosa de Cristo ante los insultos. Quien airea los pecados de otra persona, con la excusa de defender la verdad… prescinde del juicio sabio y misericordioso de Dios. Y una susceptibilidad propia de bebés… es una bomba atómica en la piel de un adulto. “Es que me han dicho, que tú has dicho, que te dijeron, que yo dije…” ¡Boom! La mecha está prendida en los oídos susceptibles… y la bomba explota en su boca, en su teléfono, en su correo electrónico… para diversión del Demonio, que maneja como marionetas a quienes dejamos de orar con Dios acerca de nuestras propias heridas.

El consejo me lo doy a mí mismo y lo comparto con todos: antes de hablar, pensar. Y antes de pensar, rezar. Y en caso de duda, callar. Con ese sencillo método, la unión entre los cristianos queda reforzada de modo eficaz, anulando los ataques sutiles del gran experto en dividirnos. ¡Somos tan fuertes cuando nos amamos, cuando nos perdonamos, cuando rezamos unos por otros… que provocamos una atracción irresistible a nuestro alrededor! Nunca es demasiado tarde ni demasiado pronto para volver al amor. Siempre, muy a mano, la palabra “perdón”.

5 thoughts on “Un arma de destrucción masiva, al alcance de cualquiera.

  1. EM ME PARECE GENIAL Y ME ENCANTO LA PELÍCULA UNA MARAVILLA, y me alegra qe SEAMOS LUCHADORES EN CONTRACORRIENTE DE ESTE MUNDO , HAY QE SER VIDA Y VIDA EN ABUNDANCIA Dios bendiga a todos los que siguen adelante remando con Jesús !!

  2. Especialmente te agradezco esta reflexión hoy por la vivencia personal de tanta necesidad de la misericordia infinita de Dios una y otra vez y entender la vida que dejamos de Dar a nuestro lado… Necesito la oración de todos un fuerte abrazo

  3. Muy acertada tu reflexión, Juan Manuel,. Te doy las gracias porque me he dado por aludida y tienes toda la razón. Que Dios te bendiga.

  4. Me gusta la reflexión. La he leído varias veces y descubro en ella la unción que da el Espíritu Santo. En estos tiempos que corren se necesita más que nunca la serenidad que nos otorga el Señor en la oración y sobre todo en la Eucaristía. De ahí pienso que brota la auténtica alegría que nos hace ser distintos a los demás sin e3star separados del mundo. Gracias por la reflexión. Que el Señor te bendiga.

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