¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?..

Es la pregunta más frecuente sobre Dios. ¿Por qué Dios ha hecho eso? ¿Y por qué ha dejado de hacer aquello otro? ¿Por qué no me da eso tan bueno que le estoy pidiendo? ¿Por qué permite que sucedan cosas malas que nos hacen sufrir? ¿Por qué no es todo de otra manera? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Ese deseo de comprender a Dios y de dar sentido a toda la realidad que nos rodea, es natural. Es un deseo noble, que nos permite crecer, no sólo en conocimiento, en ciencia, sino también en una virtud que adquieren precisamente los más sabios: la humildad. Así lo cantaba Barbra Streisand en una de mis películas favoritas, “Yentl”: “Cuanto más vivo, más aprendo. Y cuanto más aprendo, más me doy cuenta de lo poco que sé.”

Todo lo que nos supera… nos incomoda. Y lo cierto es que un buen día, antes o después, descubrimos que la realidad nos supera, no podemos con ella. Nuestra capacidad de comprensión, nuestra inteligencia, nuestro ánimo… desfallece ante la realidad, empequeñece a medida que descubre la grandeza y el peso de la verdad. Empleo la palabra “Verdad” como sinónimo de “Realidad”, de “Totalidad”. Lo real, lo que existe, es verdadero. Y lo que no existe… es falso, aunque lo den por cierto el cien por cien de los buscadores de la Verdad. La Verdad es independiente de mi conocimiento de ella. Sé que acabo de decir una perogrullada… pero la digo para recordarme que mi inteligencia no es la medida de las cosas… sino solamente la medida de mi inteligencia. Y digo esta segunda perogrullada… porque me sorprende encontrar a personas que consideran que su propia inteligencia determina la realidad. Es más, hay libros de éxito mundial que así lo proclaman: “tu mente es la fuente de realidad, tu mente es la fuente creadora, tu mente tiene el poder de configurar la realidad.” Oh… qué error tan básico, tan pueril, tan seductor, que tiene su origen en algo tan antiguo como el ser humano: la soberbia.

Ante el descubrimiento de las realidades que no comprendemos, podemos optar por dos rutas. La primera es pretender que la realidad se adapte a mi inteligencia, a mi voluntad, a mis deseos. Como quien pretende meter en el maletero de su vehículo… ¡un piano! Los esfuerzos por lograr que el piano quepa en ese espacio tan pequeño, resultan cada vez más frustrantes y, si uno no desiste a tiempo… acaba por destrozar el piano, dejando algunas partes dentro del maletero y otras, que no caben, fuera. El piano finalmente ha encajado en mi capacidad, pero ya no volverá a sonar jamás.

La segunda opción se llama “humildad”. Y lejos de ser un camino desesperante, nos permite disfrutar de la belleza de lo grande, de lo inmenso, de lo infinito. Y avanzar en el conocimiento de lo que no cabe en nuestra cabecita. Es la sensación que se tiene al llegar hasta el borde de un abismo. Primero, vértigo. Si doy un paso más, me caigo. Pero desde aquí puedo disfrutar de esta inmensidad sobrecogedora y examinarla atentamente. Puedo gozar de saberme pequeño. ¡Qué grande, qué hermoso, qué terrible, qué fascinante es todo este panorama que no consigo abarcar con mi mirada! ¡Qué maravilloso ser pequeño! ¡Desearía dar un salto y volar, recorriendo cada milímetro de realidad, abrazando todo cuanto existe! Pero… hasta aquí he llegado, hasta aquí y no más. Tal vez otro día descubra, desde la pequeña atalaya de mi inteligencia y de mis fuerzas, un paisaje aún más grande que éste… y volveré a celebrar mi pequeñez y esa nueva conquista.

Dios mío, creo en ti, aunque no te comprenda. Creo en ti, ¡precisamente porque no te comprendo! Sé que existes, lo sé, no es un acto de fe. Es una evidencia que tengo ante mis ojos, si no los mantengo cerrados a la realidad. También sé que me amas, lo sé, no es algo en lo que crea, sino que también puedo experimentar ese amor, si me abro a la realidad de mi vida y acepto los regalos que sólo de ti proceden. Pero hay tantas cosas que no comprendo… tantas cosas que me asustan… que decido fiarme de ti, por ser Tú más grande que yo. No seré tan tonto de poner mi fe en otro enano de mi estatura, en alguien que me supere por dos palmos. No. Prefiero fiarme de ti, prefiero fiarme de tu amor inmenso, que también supera mi capacidad de amar. Seguiré preguntándote “¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?”… pero ya no te exijo que me respondas, puesto que ya me has respondido con tus obras y palabras, escritas y vividas. Ya te tengo, hasta donde Tú has querido darte, a la medida de mi capacidad humana. Ya es más que suficiente. Ya te tengo, Jesús. Si quiero respuestas, todas las encuentro en Ti.

4 thoughts on “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?..

  1. La experiencia de Dios o mejor dicho con Dios, es la que hace comprender eso. La experiencia de Dios es Única. Bendiciones Juan Manuel

  2. Antes esa era mi pregunta y constante, a raíz de un accidente que tuvo mi hijo hace 5 años y del cual esta vivo y normal a Dios gracias, ya que es un verdadero milagro cuando se recupero me enseño que la pregunta no era ¿por que a mi? sino ¿para que?

  3. Por alguna extraña razón me recuerda a San Agustín, jejeje muy bueno! En lo particular, prefiero que el piano suene a tener la “razón”. Shalom!

  4. Nos lo preguntamos con frecuencia ¿Porque?¿Porque?¿Porque? ..¿No sera que confiamos POCO en Dios,y nos “organizamos”la vida a nuestra manera?…..pero Dios es Padre y sabe MAS lo que nos conviene aunque nos duela.
    Gracias por hacernos pensar un poco en nuestra pequeñez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *