A propósito de recortes… ¿Y si quitamos algunas frases de la Biblia?

Es un magnífico plan de marketing, que ha pensado una amiga mía, para vender mejor el cristianismo. Resulta que hay muchas cosas de la Biblia, del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, que tienen una aceptación popular enorme, son ideas que gustan a la mayoría. Lo de atender a los enfermos, lo de amar a los niños, lo de la paz, lo de que los ricos lo tienen más difícil que los pobres, lo del perdón a las prostitutas… y tantas maravillas, salidas de boca del mismo Dios. Sin embargo… también es cierto que Dios ha dicho cosas… que no gustan. Porque no se entienden, porque exigen un cambio de vida, por lo que sea… Bueno, tranquilidad, no pasa nada, este problema tiene fácil solución: mi amiga propone que seleccionemos las enseñanzas de Jesucristo que tienen mayor aceptación, y nos olvidemos de aquellas otras que cuesta más digerir. No propone que las eliminemos del todo, para no caer en herejía… sino que, simplemente, dejemos que caigan en el olvido. No hablemos de ello y nos irá mejor. Ganaremos más amigos, más adeptos, construiremos una religión a la medida de la mente moderna, evitaremos los enfrentamientos. Veamos algunos ejemplos, sencillos, de posibles recortes.

Jesús dice: “quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.” Son palabras incómodas, demasiado tajantes. “Cruz” suena fatal. Lo quitamos. Fuera cruz. No entendemos el sentido del sufrimiento… pues pasemos por encima de ello.

Jesús dice: “si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros.” Uff… esto tampoco se entiende. Suena exagerado. Seguramente era una metáfora. Lo quitamos también. Dejamos la Eucaristía como un símbolo, como una ceremonia bonita, un acto socio-religioso-cultural. No está mal.

Jesús dice: “no temáis a quien puede acabar con el cuerpo, temed a quien puede acabar con el alma.” ¿De quién está hablando? ¿Del demonio? Quita, quita… Fuera, fuera… Esto asusta, esto provoca rechazo, esto no atrae a nadie. Fuera demonio, infierno y todo ese asunto del castigo eterno. Es muy fuerte, cuesta creerlo.

Jesús dice: “El Padre y yo somos uno. Quien me ve a mí, ve al Padre.” Extrañas palabras, arduas de aceptar para quien juzgue por las apariencias. Parecen dichas por un enajenado. Si las quitamos, ni se va a notar. La gente no se plantea esos asuntos teológicos.

Jesús dice: “perdónales, no saben lo que hacen.” ¿Cómo que no sabían lo que hacían? ¡Lo sabían perfectamente! Seguramente lo dijo por estar debilitado con tanto dolor. Cortamos también esa frase, y no tiene por qué afectar a nadie.

Y quitamos lo de que cruzaron el Mar Rojo, lo de la Resurrección, lo de Jonás y la ballena, lo de Juan Bautista enfrentándose a Herodes por su divorcio, lo de los mártires…

Y así, poco a poco, tajo a tajo, reducimos a Dios a la medida de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestros deseos, de nuestras modas. Transformamos un Dios grande, en uno enanito, manejable a placer por nosotros. Y así, nos irá bien en la plaza pública, en el debate social, entre nuestros compañeros y en la prensa. Así tendremos éxito, incluso con nuestra conciencia, a la que podemos fabricar un habitáculo cómodo. Nosotros decidimos lo que está bien y lo que está mal, lo que vale y lo que sobra en la Palabra de Dios.

Oh… torpeza y cobardía humana. Queremos adorar al hombre, pero no a Dios. Nos resistimos a arrodillarnos ante un Dios que se acerca a nosotros, le rechazamos y le enviamos de vuelta al cielo, porque no queremos que reine en la tierra, en nuestros corazones y mentes pequeñas. No aceptamos que ese niño sea Dios, ¡no lo aceptamos, es demasiado para nuestra soberbia! No aceptamos que Cristo sea Dios, que viva y muera por nosotros, que le debamos agradecimiento. No aceptamos que esté vivo, hoy. No aceptamos que nos enseñe a amar sin límite ni condición. No estamos dispuestos a perdonarlo todo, a todos. No estamos dispuestos a dejar que Dios haga milagros en nosotros, porque no creemos que Dios sea verdadero Dios. Rechazamos a un Dios que escoge a los pequeños, débiles y pecadores. “Dios no puede actuar a través de ese sacerdote pecador, o a través de ese niño ignorante”, pensamos. “Dios no puede transformarme completamente”, creemos. Nos conformamos con un dios inteligible por nosotros, terrenal, pequeñajo, un líder de opinión políticamente correcto, un candidato a Premio Nobel de la Paz… pero rechazamos aceptarle como quien es: DIOS. Pocas letras, pequeña palabra que pretende abarcar al inabarcable, al único que Es, al que nos da el ser a nosotros, a quien debemos absolutamente todo, todo, todo, todo.

Perdónanos, Señor, no sabemos lo que hacemos cuando te juzgamos, te rechazamos y te empequeñecemos. Así de limitados somos. Para nuestra suerte, Tú ya lo sabes y nos sigues amando. No nos rechaces, aunque te rechacemos por ignorancia. Conocerte es amarte. Hemos nacido para vivir contigo, para gozar de tu herencia, con todo Tú… no con un dios troceado a la medida de nuestra ignorancia y nuestra voluntad. Gracias por tu paciencia con estos hijos tuyos, que te plantamos cara y te exigimos, como si pudiéramos cambiarte. Sólo Tú eres Dios. Te adoramos sólo a Ti. A todo tu ser, sin recortes.

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